Orillas diferentes

Por: Nicolás González-Quintero (@el_triciclo, @nicoagonzalez)

Para mi abuela y mi padre

¿Qué se le puede decir a una persona cuando se tiene la certeza absoluta de que en poco tiempo va a morir, cuando uno sabe que es sólo cuestión de horas, tal vez un par días, para que se dé el desenlace fatal? Justo cuando se encuentran esas dos soledades, la inmensa soledad de quién está muriendo – simplemente porque nadie sabe lo que esa persona en realidad está viviendo, nadie es capaz de decirle lo que es morir, nadie más lo ha vivido – y  la soledad del que ve morir al otro, uno entiende que hay cosas inenarrables. Hace poco tiempo murió mi abuela. Cuando estaba en su lecho de muerte sólo pude decirle que todo iba a estar bien y gracias por todo. Frases que dije con todo el amor del mundo y que en realidad creo. Pero tal vez en esos momentos sonaron un poco vacías, carentes de significado. Pero muchas veces no hay más cosas que decir. La muerte es experta en crear mudos.

Justo en el momento de su muerte, sentí la soledad del que se da cuenta que no va a volver a ver a esa persona nunca más. Mi abuela fue una mujer maravillosa, a pesar de sus múltiples defectos – así como nuestros múltiples defectos –, y con el tiempo me he ido maravillando con la entereza y fortaleza que tuvo en su momento final. Sufrió mucho, no puedo decir que no. Pero muchas veces sentí como vivió su dolor en silencio, una forma estoica y hermosa de despedirse de este mundo. Mi abuela no murió sola. Murió rodeada de todos nosotros, su familia, y creo que pudo morir con la imagen de lo que había sembrado en esta vida. Su cama, rodeada de sus hijos, de sus nietos, de sus nueras, sus yernos y su hermano, al igual que muchos que nos acompañaron a la distancia por distintas razones. La gran mayoría estuvimos con ella y la vimos partir. No sé qué le habrá dicho cada uno de nosotros, sólo me imagino que cada uno se despidió a su manera y lo asumió de la forma en que pudo. Porque dolores como estos se pueden asumir, pero siempre quedarán ahí de una u otra forma. Es imposible olvidar a la mujer que me cuidó tanto cuando pequeño y que me consintió tanto durante toda la vida.

Cuando mi abuela murió empecé a asumir la posición de que había sido lo mejor. Como ya lo había mencionado, había sufrido mucho; y me estaba quedando con esta última imagen, con la idea de que por fin podía descansar y estar mejor. Esto hizo que todo fuera más fácil de digerir en un comienzo, para sobrellevar el velorio y el dolor de mis familiares. Pero sólo estaba sirviendo para reprimir mi dolor. Cuando mi hermano Juan habló en las exequias, pude dilucidar todo aquello que estaba perdiendo. Más allá del dolor, mi hermano fue capaz de ver esas cosas pequeñas que iluminaron la vida de mi abuela y la nuestra. Esos pequeños detalles como el ponqué que le daba a sus canarios, pero que también le daba a sus nietos sin que nadie se diera cuenta, la forma en que cocinaba una sopa de rullas increíble e imposible de repetir, el cariño que nos daba a cada uno de distintas formas. Y fue ahí cuando caí en cuenta de lo que había perdido, pero también de lo que había vivido. Y fue ahí cuando se me resquebrajó el alma. Recordar cuánto le gustaban las chocolatinas a mi abuela y que me hacía comprarle una si se me había olvidado llevársela. La forma en que se ponía brava cada vez que la despeinaba y sacaba su peinilla y se volvía a peinar. De lo alcahueta que era, de cómo, a su manera, siempre ayudaba a los suyos. De cómo le cogía los cachetes todo el tiempo y no me decía más que un cariñoso “cansón”. El recuerdo de una mujer que sacó adelante a sus 11 hijos junto a su hermano. Y, sobre todo, cómo al final evocaba esos recuerdos con sus nietos cuando éramos pequeños. Los guardaba como un pequeño tesoro y ahí estaban, siempre dispuestos a ser contados. Esas historias que se repiten eternamente y de las cuales no nos cansamos nunca. Las historias que la constituían a ella.

Es a partir de esas historias que recordaré a mi abuela y no por la injusta tiranía del final. Ese final que casi siempre borra lo vivido, que opaca la historia que hay detrás. Y así, poco a poco entendí que era a partir de estas historias que iba a ser capaz de dejar ir a mi abuela, que sería la forma de celebrar su vida, de comprender que se había cumplido el camino. Que de una u otra forma, todo se había dado de la mejor forma; que, cosa extraña, el orden de la vida se había cumplido. Ojalá hubiera podido decirle todo esto cuando estaba junto a ella unas pocas horas antes de morir. Pero, simplemente, las cosas no se dieron así.

Hoy solamente quería aprovechar esta oportunidad para hacerlo, para despedirme de una mejor forma. Para recordar de otra manera.

Una verdad en el teatro de las Farc

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Por: Sergio Suárez Vanegas (@el_triciclo)

Farsantes. Ese es el único adjetivo con el que se puede calificar a los voceros de las Farc y a sus declaraciones emitidas desde La Habana. Farsantes, cuando aseguran que hace mucho dejaron de usar el secuestro como medio de financiación y como estrategia de guerra. Farsantes, cuando afirman, con un descaro absoluto, que no tienen nada que ver con el narcotráfico en Colombia. Farsantes, cuando pretenden hacer creer que todos sus actos criminales han sido cometidos en legítima defensa y como estrategia para obtener la paz en el país. Pero especialmente farsantes cuando, con una gran desfachatez, se muestran frente al mundo como un grupo insurgente campesino que, según ellos, cuenta con un gran apoyo popular.

Voceros de las Farc desde La Habana. Tomado de: elespectador.com

Es indignante. Escuchar a uno de los voceros de las Farc decir que su grupo no es, como lo pretende el establecimiento, una máquina de guerra, sino que es un movimiento insurgente que se nutre del apoyo de un amplio sector de la sociedad, es algo que descompone y ofusca. Es claro, las Farc desde Cuba se están jugando sus cartas. Necesitan llegar a la mesa de negociación revestidas de alguna legitimidad que les permita ser interlocutores válidos y poder así negociar desde una posición medianamente simétrica. Sin embargo, querer hacerle creer al país y al mundo que son una guerrilla que vive del apoyo del pueblo, que es “quien legitima su lucha”, es una desvergüenza de proporciones mayores.

No obstante, hay algo que llama la atención en el argumento esgrimido por el vocero de las Farc. Decía Marcos Calarcá, en la rueda de prensa, que la única manera de justificar la existencia y la supervivencia de las Farc durante tantas décadas es gracias al apoyo popular. Según él, esta guerrilla se ha mantenido en pie de lucha porque representa a un amplio sector del país, sector que le da sentido a su organización. Esto explica, según el razonamiento de Calarcá, por qué el Estado colombiano, a pesar de sus múltiples esfuerzos, no ha logrado derrotarlos definitivamente. Creo que es evidente que lo del “apoyo popular” no pasa de ser un oscuro y vulgar sofisma, sin embargo, la pregunta por cómo han logrado las Farc mantenerse, durante más de medio siglo, en la lucha armada resulta llamativa.

¿Cómo logra una guerrilla campesina convertirse en una poderosa estructura militar? ¿Cómo logra un grupo delincuencial mantenerse durante tantos años en la lucha armada? ¿Cómo logra tener un grupo al margen de la ley alrededor de 40.000 combatientes en su momento de mayor poderío militar? Sin duda habría muchas maneras de responder estos interrogantes, pero creo que hay una que engloba a todas las demás: Colombia es un país con graves problemas estructurales. Desigualdad social y económica, falta de oportunidades reales para un gran número de ciudadanos, atraso en infraestructura, graves dificultades para acceder al poder y a los mecanismos de participación, factores todos que convierten al país en un gran caldo de cultivo delincuencial. Y junto a esto un pensamiento mafioso, que se ha anclado en lo más profundo de nuestra idiosincrasia y que nos ha llevado a ver en el delito una forma lucrativa de vida y en la falta de escrúpulos un valor.

Tomado de: aguadulce-fantasia.blogspot.com

Las Farc han permanecido a lo largo de los años no porque sean los voceros de los millones de colombianos que viven sin las condiciones básicas para subsistir y sin las mínimas oportunidades. Las Farc han permanecido porque se han sabido alimentar de esta situación de inequidad, porque han visto que en Colombia el delito es una opción real de vida. Entonces surge el cuestionamiento de Álvaro Uribe y de una parte de la opinión pública: si las Farc no son voceras de nadie, si no representan políticamente a ningún estamento de la sociedad, por qué dialogar los problemas del país con estos terroristas. Y aunque el argumento es sólido, creo que la respuesta también es clara: porque es la manera de intentar pensar una solución real y efectiva al conflicto.

Este proceso de paz es la oportunidad del país de sentarse a pensar esos problemas estructurales que históricamente nos han marcado. Creo que esta vez no se trata sólo de integrar a las Farc a la sociedad civil y de pactar una entrega de armas. Esta vez la apuesta es a discutir las razones que nos han llevado a ser un país donde delinquir es una forma de vida. Sólo así garantizaremos que después de las Farc no venga la banda de Pepito y, con ella, otros cincuenta años más de sangre y guerra.

“Los tiempos de Pablo Escobar”: ¿Lecciones o versiones de una época?

Por: Javier Velásquez Steevens (@el_triciclo)

Pocos son mis recuerdos sobre la década de los ochenta y los primeros años de los noventa. En mi carrera (Historia) poco aprendí del tema ya que el periodo suele ser considerado muy reciente y termina siendo prioridad para otras ciencias sociales. Tal vez el recuerdo de algunas imágenes de televisión me han permitido hacer algunas relaciones con el periodo: las fotos de los integrantes del Cartel de Medellín en los anuncios de recompensas; el asesinato de Galán; las intervenciones del padre García Herreros o de Virgilio Barco; los escombros de las bombas en Bogotá. Sin embargo, la versión casi unificada de la lucha del narcotráfico contra el Estado termina siendo un “escampadero”, un lugar común, ante tanta incertidumbre.

La semana pasada el canal Caracol emitió un documental, a propósito de la actualidad del tema de Pablo Escobar, titulado Los tiempos de Pablo Escobar: lecciones de una época (I Parte http://bit.ly/Of37jg y II Parte http://bit.ly/LspYUp). Aunque me encontraba en medio de una reunión familiar las imágenes que recordaba de ese periodo me fueron llevando a interesarme en el documental. Éste narraba las diferentes etapas de la vida de Pablo Escobar una vez vinculado con el narcotráfico, su impacto en las instituciones del Estado y en la sociedad civil. De esta manera el documental exploraba una serie de temas narrados por protagonistas del periodo que vivieron desde diferentes escenarios: su huella como líder populista y carismático, su incursión en el Congreso, la guerra que le declaró al Estado para que revocara la extradición, su muerte y la consolidación de otros grupos emergentes gracias al narcotráfico.

Precisamente esa diferencia entre las perspectivas de cada uno de los grupos de personas entrevistadas fue lo que más me llamó la atención. Al tratar de contar una historia a partir de los testimonios de diferentes personajes -como políticos, periodistas, agentes de la DEA y de la Policía, y el mismo alias “Popeye”- la narración se enriquecía al lograr evidenciar los vacíos de una versión a partir de la otra. Por ejemplo, el documental confrontaba la interpretación y evidenciaba la responsabilidad de los políticos liberales entrevistados (Gaviria, Pardo y de la Calle) sobre la entrega, detención y fuga de Pablo Escobar a partir de las declaraciones de otros entrevistados.

Sin embargo, en ocasiones, algunas voces del documental se percibían solitarias y relativamente incuestionables ante la ausencia de contrapesos que lograran enriquecer el relato a partir de otras miradas. Esto me llamó la atención porque hubo una frase recurrente a lo largo del documental que en ciertas ocasiones parecía una apuesta del mismo. Como los políticos liberales, otros entrevistados encontraban en la “debilidad del Estado” una de las razones que había dado origen y consolidación al Cartel de Medellín.

Atentado al DAS por parte de Pablo Escobar.

La “debilidad del Estado” era un concepto que agrupaba una serie de definiciones que trataban de explicar la incapacidad de afrontar la lucha contra el narcotráfico y sus posteriores consecuencias. Sin embargo, a partir de la enunciación del concepto se generaban una serie de imprecisiones o generalizaciones que distraían la posibilidad de detectar las condiciones de esa debilidad. Era un concepto que, para cada versión de la historia, mostraba las dificultades y limitaciones de los protagonistas, pero por momentos ocultaba sus errores o responsabilidades. Por “debilidad del Estado” unos entendían las limitaciones de la justicia y en consecuencia los altos índices de impunidad; la finalización de la voluntad del gobierno de someter a los narcotraficantes; la desestabilización de la sociedad civil ante actos de violencia; la burla de parte de los narcotraficantes a las autoridades a través de sobornos; la incursión del narcotráfico en la economía, entre otros.

Me pareció preocupante esta idea de la “debilidad del Estado”. No porque fuera falsa o fuera inadecuado reflexionar sobre ésta ya que en ciertos casos era evidente, sino porque en ocasiones servía como sombra a las complicidades o errores a la hora de enfrentar a las mafias como resultado de la ausencia de precisión del mismo concepto. Tanto es así que según Humberto de la Calle, el momento en que Pablo Escobar se entregó a las autoridades fue evidencia del triunfo del Estado, evidencia de que éste había prevalecido. Pero su fuga, 13 meses después de su entrega, había sido resultado de la manera en que su influencia había llegado a eslabones de la cadena militar, situación que liberaba al gobierno de toda responsabilidad al tratarse de una consecuencia de la “debilidad del Estado”.

La frase “el Estado había prevalecido” me parecía igualmente inadecuada. Su enunciación generaba la idea de una disputa heroica y mística en donde los buenos vencían a los malos por medio de acciones legítimas. La versión que esta frase defendía señalaba que la derrota del Cartel de Medellín –y más concretamente de Pablo Escobar- había sido resultado principalmente del despertar del Estado y de la sociedad civil de un letargo en el que había estado sumido durante los años ochenta. De esta manera, la anterior versión reconocía de manera tímida que este acto había sido resultado de las transformaciones experimentadas gracias a la Constitución, la presión estadounidense por la captura de los capos y lo más decepcionante: de la alianza titulada PEPES hecha por el Estado con el Cartel de Cali.

A partir de la exploración que el documental sugiere sobre temas relacionados con las mafias, los ejércitos privados, el narcotráfico y la paz, propone la importancia de explorar la manera en que el narcotráfico inundó la sociedad con un beneplácito generalizado. Asimismo, no sé si con el interés de proponérselo –o sin este-, el documental invita a plantearse una serie de preguntas sobre la versión de la historia que se ofrece. El encuentro de diferentes versiones sobre la manera en que se vivió el periodo abre, de manera interesante, un espacio de reflexión sobre las ideas preconcebidas que lo han definido. Más aún identifica las personas y los lugares desde los que se narran los sucesos de este periodo, caracterizado por el asesinato de tantas otras voces a finales de los ochenta que podrían ofrecernos otra mirada. Pero, en mi opinión, lo más importante es que expone las posturas desde los que se construyen las percepciones y las ideas alrededor del periodo.

Cortejo fúnebre

Por: Nicolás González-Quintero (@el_triciclo, @nicoagonzalez)

No pasa nada, dirá ella. Nada, repetirán los que vengan.

Nada.

Como el silencio del desierto.

Nada.

Como los huesos de las víctimas dispersos en la noche

Sergio González Rodríguez

Ese día asistí al Parque Nacional al igual que miles de personas más. La muerte de Rosa Elvira Cely me había impactado profundamente desde el mismo momento en que escuché la noticia. Los detalles solo hacían que el dolor fuera más profundo. La crueldad de su muerte en un país que ya está acostumbrado a este tipo de actos. Una muerta más, una muerta menos. Pero con ella fue diferente. El caso creó un precedente y movilizó a la ciudadanía. Tal vez fue la cercanía del hecho (un parque concurrido en el centro de Bogotá), tal vez fue la identificación de Rosa Elvira como una mujer del común, como el referente de que esto le podía pasar a cualquiera. Pero más que nada indignó su muerte, la manera en que fue despojada de su vida de una manera vil y cobarde.

AFP Photo, Guillermo Legaria. Tomada de http://on-msn.com/RWUVEB

Ese día lo viví sin palabras. Más allá de las arengas y de los gritos de rabia contra instituciones y personas, me sentía mudo. Era incapaz de expresar lo que sentía, de modular algo que fuera propio. Alguien me pidió que escribiera algo en una cartelera sobre la séptima. Fui incapaz, no sabía qué escribir. El lugar, la gente, el dolor, la rabia, la frustración. Todo aquello que la mayoría del tiempo vivimos en silencio se escuchaba en un pequeño grito. A medida que íbamos subiendo hacia el lugar donde se encontró a Rosa Elvira empecé a notar que en algunos postes, columnas y muros había unos papeles con los nombres de varias mujeres muertas a lo largo de los últimos años en Colombia. Más allá del nombre también estaban sus edades y la forma en que murieron. Por un momento dejaron el anonimato de ser una cifra y se convirtieron en un cortejo fúnebre. Como si todas esas mujeres estuvieran haciendo una pequeña corte pidiendo no ser olvidadas. Pidiendo que en ese momento no sólo recordáramos a una, sino que las recordáramos a todas, que recordáramos que ellas también fueron asesinadas con sevicia, ultrajadas, que cada una de ellas sufrió de una u otra forma el infierno del Parque Nacional. Ellas fueron asesinadas por guerrilleros, paramilitares y militares, víctimas de un conflicto armado que se ensaña con ellas como trofeos sexuales. Otras fueron asesinadas por sus esposos, compañeros o conocidos, que decidieron que podían disponer de la vida de ellas a su capricho. Otras fueron atacadas por desconocidos. Y a medida que fuimos avanzando fui encontrando más papeles. Pero esta vez no era solamente de mujeres colombianas, también había papeles con muertas de Ciudad Juárez, muertas mexicanas. Lamentablemente no somos los únicos. Los feminicidios habitan Latinoamérica; sin embargo, la mayoría de las veces no lloramos a nuestras muertas.

Huesos en el desierto es un libro del periodista mexicano Sergio González Rodríguez. A través de una exhaustiva investigación, este autor nos muestra que los feminicidios de Ciudad Juárez son de todo menos hechos aislados. Más que nada, son una empresa criminal dirigida por narcotraficantes, empresarios y políticos de la ciudad, los cuales cuentan con toda la complacencia de la policía. Son rituales de sangre aceptados y tolerados por las instituciones oficiales, las cuales sólo se han dedicado a crear chivos expiatorios para salvar a los verdaderos culpables. Sin embargo, estos rituales han ido más allá y han ayudado a consolidar en el imaginario colectivo la concepción de la mujer común como un ser desechable. Las mujeres muertas casi siempre son obreras, mujeres que vienen de otros lados de México para trabajar en las maquilas de las fronteras. Mujeres pobres y desarraigadas de sus lugares de origen, envueltas en el desprecio oficial que muchas veces las culpa de su propia muerte. Ese es el otro hecho dramático de los feminicidios de Ciudad Juárez. Poco a poco se ha construido una imagen de que las mujeres mueren porque lo merecen. Porque algo hicieron, porque tentaron a alguien, porque se vistieron de tal o cual forma, por estar con malas compañías, etc. Falacias que se van convirtiendo en verdades para el grueso de la población. Por eso aumenta el número de feminicidios por parte de familiares, esposos, novios, conocidos o gente del común. No se pierde mucho, no pasa mayor cosa si hay una muerta más.

Al final del libro, Sergio González Rodríguez hace un recorrido por cada una de las muertas encontradas en Ciudad Juárez desde 1993 hasta 2002. Nueve años que pasan en unas pocas páginas pero que nos da la descripción y nombre (si fue posible identificarla) de cada una de estas mujeres. Pero además de eso nos cuenta su edad y la forma de su muerte. Las páginas pasan como un golpe constante. Seco, al hígado. Las ganas de llorar y de vomitar crecen con cada una de ellas. Y vuelve la misma sensación del Parque Nacional, el silencio. Es tal el dolor que imposibilita musitar alguna palabra. Siento como de una forma u otra volvemos a hermanarnos de una manera macabra con Ciudad Juárez. El camino hacia el lugar donde fue encontrada Rosa Elvira Cely va terminando y veo como se empieza a aglomerar la gente alrededor de un árbol. Algunos cantan, otros simplemente contemplan el sitio en silencio. Volteo un poco la mirada y veo a alguien llorando al escuchar a una mujer mayor hablar. Veo cómo de toda esa rabia y ese silencio sale una voz que va más allá de las consignas o de los himnos religiosos, de un dolor que se vive en carne propia. Hay varias mujeres intentando hablar, intentando decir todo aquello que se tiene incrustado en el alma, aquello que casi siempre termina por aplastarnos. Veo a varias mujeres sollozando tomarse la palabra, reclamando su derecho a la vida, reclamando que este hecho no se podía vivir en silencio, que nuestras muertas no podían irse de esta manera.

Y, al final vi, como estas palabras terminaron en un llanto que rompió con el silencio del desierto.

John Coetzee: el hombre desnudo

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Por: Sergio Suárez Vanegas (@el_triciclo)

“John me parecía inteligente y culto (…). Como escritor sabía lo que estaba haciendo, tenía cierto estilo, y el estilo es el inicio de la distinción. Pero carecía de una sensibilidad especial que yo pudiera detectar, de cualquier percepción original de la condición humana. No era más que un hombre, un hombre de su tiempo, con talento, tal vez incluso dotado, pero, francamente, ningún gigante”. La anterior valoración aparece en Verano, la última de las tres novelas autobiográficas de Coetzee. El fragmento es puesto por el autor en boca de Sophie, una mujer con la que tuvo una relación sentimental a mediados de los años 70. Sophie concluye su juicio sobre el escritor sudafricano y su obra diciendo: “En ningún momento se tiene la sensación de un escritor que deforma su medio para decir lo que nunca se ha dicho antes, que, a mi modo de ver, es lo que distingue a la gran literatura. Demasiado frío, demasiado pulcro, diría yo. Demasiado fácil. Demasiado falto de pasión. Eso es todo”.

John Coetzee

Sin duda el juicio de Sophie llama la atención. En primer lugar, porque es escrito por el mismo Coetzee. Es él quien construye a Sophie, construye su discurso y su valoración sobre su propia obra. La capacidad de burlarse de sí mismo, de ser sarcástico con su historia y sus escritos es francamente maravillosa. No obstante, más allá de esto, el juicio de Sophie es llamativo porque es cierto. Y además es un juicio común. No sólo en la novela, donde las mujeres que aparecen se preguntan constantemente cómo un tipo tan simple y, aparentemente, tan patético llegó a alcanzar prestigio y reconocimiento; sino también entre los lectores del sudafricano quienes muchas veces sienten que su obra carece de novedad, carece de grandeza. Y es que, en efecto, las novelas de Coetzee no son grandilocuentes, no son apoteósicas, no proponen nada nuevo.

La paradoja que rodea a Coetzee es fascinante. El sudafricano es uno de los escritores vivos más reconocidos e importantes, ganador de un gran número de premios literarios (incluyendo el Premio Nobel). Al mismo tiempo es un escritor poco leído y poco trabajado. Un ejemplo de esto es la gran dificultad que hay para encontrar una obra suya en una librería en Estados Unidos, es una labor titánica. Probablemente esta paradoja sólo se puede responder a través de otra paradoja: Coetzee no es un escritor grandioso y, sin embargo, es un escritor indispensable.
El juicio de Sophie es radicalmente cierto, la obra de John es pulcra pero fría, con una prosa fluida y llamativa pero desapasionada, bien escrita pero carente de novedad. Incluso en su novela más fuerte, Desgracia, donde la tragedia está latente todo el tiempo y el dolor del ser humano toca a la puerta constantemente, la narración carece de pasión, se mantiene siempre contenida, no hay lugar para los grandes desgarramientos ni para el estallido de sentimientos. Las oraciones simples, casi objetivas, se adueñan de la prosa de Coetzee, no hay espacio para la descripción de sentimientos ni para la reflexión o la disertación. Para Milan Kundera la clave de la novela está en que siempre revela un nuevo aspecto de la condición humana. Sophie, profesora de literatura, hace eco de esa sentencia y por eso excluye a John Coetzee del panteón de los grandes escritores. Y es cierto, en las novelas del sudafricano no hay novedad, hay sólo hombres, del común, como él mismo, algunos con talento, otros dotados, los más, sólo hombres.

J. M. Coetzee. 'Verano'La primera novela que leí de Coetzee fue Juventud, la segunda de sus novelas autobiográficas, y quedé anonadado. Alguien había escrito la novela que siempre soñé escribir: la historia de un hombre cualquiera. En las novelas de Coetzee sólo se ven hombres cualquiera, hombres del común (como el mismo John), hombres sin grandeza y sin bajeza. Pero hombres desnudos y he aquí su magia. La obra del nobel sudafricano es encantadora y maravillosa porque logra desnudar, de una manera magistral, al hombre del común. Sus personajes aparecen en escena tan verdaderos, tan ciertos. Como aquel magistrado de un puesto de frontera que termina preso y desahuciado por señalar el grado de barbarie en el que está cayendo el imperio para el que trabaja, pero que no es un héroe, es sólo un hombre con miedo, con arrojo, pero lleno de dudas, lleno de vacilaciones.

Un hombre desnudo, simple, llano, ridículo: eso el lo que ofrece la prosa de Coetzee y eso es lo que la hace indispensable. Un hombre que no es más que un hombre. Una obra que escapa a la grandilocuencia y a la megalomanía tan propias de la literatura y del mundo. Una obra que muestra a un hombre inmerso en la aventura cotidiana, en el día a día de la existencia. La obra de Coetzee es el relato del hombre desnudamente humano, ese que escapa a modelos, a esquemas y a todos esos vanos intentos por cuantificar y estandarizar la vida.

Sin comunidad, ¿a quién le importa lo público?

Por: Javier Velásquez Steevens (@el_triciclo)

La semana pasada algunos periódicos publicaron reportajes sobre el actual estado de deterioro de la sede de Bogotá de la Universidad Nacional. Un secreto a voces que al fin encontró eco, pero que aún no encuentra dolientes. La Universidad, como otro tipo de instituciones públicas,  ha experimentado a lo largo de las últimas décadas una serie de golpes que no le han permitido levantarse. En múltiples ocasiones se ha manifestado que la falta de financiación es la principal cuenta pendiente, pero cada vez que se entra en este tipo de discusiones pareciera que los argumentos se diluyeran entre las cifras. Y si bien el problema es de plata, como muchos ya lo han señalado, es evidente que los significados en torno a lo público obstaculizan el hallazgo de soluciones de financiación. La Universidad es tan solo uno de muchos ejemplos en donde lo público atraviesa por una crisis generalizada, desde lo financiero, lo político hasta lo semántico.

La Universidad es un pulmón que está respirando hace mucho tiempo con sus últimos restos. Tal vez uno se acostumbra a eso. Durante muchos años entré y salí, la caminé algunas veces sin recorrerla. Sin embargo hoy me parece aún más ajena. Un amigo decía que la sensación al interior de la Universidad era de mayor deterioro. Ver tantos estudiantes en sus puestos de dulces o de películas muestra la forma en que les ha tocado rebuscar para seguir estudiando. La ciudad blanca ve cómo sus edificios se van estropeando ante la ausencia de atención. Las zonas verdes que la distinguen dan paso a otra tonalidad, menos natural, menos agradable a la vista, un matiz verde que avisa sobre las múltiples obras interminables que la Universidad experimenta.

Y aunque la plata no está, la gente también se está yendo. A pesar de su gran capacidad de atracción la Universidad se está quedando sola. No propiamente en cuanto a la cantidad de personas que la transitan, sino del tipo de recorrido que se hace en su interior o la sencilla elección de evitar recorrerla. Tanto los ciudadanos que la visitamos como aquellos que evitamos hacerlo hemos construido sobre ella significados peyorativos en algunos casos, apáticos en otros. ¿Por qué ya no nos preocupamos por la Universidad, de la misma manera que olvidamos tantos asuntos públicos?, ¿en qué momento dejamos de involucrarnos?

En su columna de la semana pasada titulada “Doctor Hyde”, Juan Esteban Constain hacia un análisis muy interesante sobre políticos y ciudadanos, sobre responsabilidad, sobre la dignidad. Para Constain era insoportable la visión permanente de indignación ciudadana hacia las situaciones cotidianas, cuando estas carecían de un sentido de autocrítica. En su opinión, asumir el país desde una óptica que separa a gobernantes y gobernados es inconveniente porque se trata de un todo cohesionado, no de dimensiones independientes, desconectadas. Esa tendencia a mirarnos en tercera persona no solo ha hecho que le achaquemos las cosas que nos molestan al del lado, también ha hecho que dejemos de vernos como comunidad.

Tal vez sea cierto que haya sido el país político –que Constain menciona citando a Gaitán- el que haya dado un golpe fatal a lo público, sin embargo, es inevitable no darse cuenta que su complemento, el país nacional, tampoco es que le dé mucho valor. Esa carencia de importancia que desde los más sencillos detalles le damos es donde empieza la ruptura de lo público, la ruptura de la comunidad. No deja de ser curioso que precisamente lo público que representa la base del interés general pierda su sentido casi sagrado frente a la dimensión privada. No porque una sea más importante que la otra, sino porque hoy el espacio privado tiene significados de mayor legitimidad, eficiencia y estatus.

Pareciera que nos viéramos mutuamente como ajenos, diferentes y peligrosos, sensaciones que impiden la construcción de una idea de colectividad. Somos un montón de desconocidos, a lo cual habría que añadir ahora que somos ajenos, que los asuntos de interés general no llaman nuestra atención. Nos indignamos, o cuestionamos algún asunto desde una perspectiva particular pero ya no colectiva, haciendo que los demás nos resulten indiferentes y en muchos casos peligrosos. Y en medio del aparente funcionamiento de la dimensión privada, el peor enemigo de lo público no es solo el acto de corrupción e ilegitimidad, sino también la idea que nos sepulta como comunidad.

“Es la política, estúpido.”

Por: Nicolás González-Quintero (@el_triciclo, @nicoagonzalez)

Al final de las películas uno ve a Avner Kaufman (Eric Bana en Munich) y a Stephen Meyers (Ryan Gosling en The Ides of March) destruidos interiormente. El primero totalmente paranoico, incapaz de dormir y con una fuerte disputa interior sobre lo que está haciendo. El segundo totalmente resignado, en silencio, viendo cómo sus esperanzas se esfumaron en 3 días, adoptando el papel de la persona que nunca quiso ser. Y así, de un momento a otro, los dos abren los ojos a lo que se han convertido: personas incapaces de reconocerse, que se perdieron en el camino en el cual pensaban que podrían hacer algo por sus coetáneos.

Munich es una película del 2005 dirigida por Steven Spielberg. Muestra la manera en que el grupo Septiembre Negro mató a 11 atletas israelíes en una toma de rehenes en los Olímpicos de Munich en 1972, y cómo el gobierno israelí reclutó un grupo del Mossad para vengar esta afrenta por medio del asesinato de 11 reconocidos líderes palestinos. Avner Kaufman sería el encargado de llevar a cabo esta tarea, renunciando a su identidad, dejando a su esposa embarazada con el fin de servir a su madre patria, Israel. A partir de este momento, Avner empieza a cumplir con los objetivos que le son encomendados, pero cada vez que mata a un palestino la reacción de la contraparte no se hace esperar. Bombas a embajadas, secuestros de aviones. Un ir y venir de violencia que no tiene fin. A cada muerto se responde con 10, con más represión de Israel hacia Palestina, con más atentados terroristas, haciendo que la cuenta de la calculadora se desborde. Ya no son 11 contra 11. Es un número indefinido de muertes que crece bajo la metáfora de la venganza de Munich. Aquí es donde Avner empieza a dudar sobre lo que está haciendo debido al acercamiento casual con varias de sus víctimas. Con el paso del tiempo se va dando cuenta que los dos bandos están luchando por lo mismo, y que cada reacción violenta sólo sirve para radicalizar sus posturas. El espiral de violencia crece hasta el infinito, Avner comprende que se van a vengar eternamente y que la próxima víctima podría ser él. La crisis de su grupo se refleja en las dudas de sus compañeros y en cómo cada uno siente que está perdiendo su ser o ha perdido a sus seres queridos por Israel. La madre patria devora a sus hijos deshumanizándolos. Ya no hay marcha atrás. El vínculo con la madre se rompe y Avner, al mismo tiempo, se quiebra internamente.

Por otro lado, The Ides of March es una película de 2011 dirigida por George Clooney, quien interpreta al gobernador Mike Morris, candidato del partido demócrata a las elecciones primarias de esta colectividad. Éste es apoyado por Stephen Meyers, un brillante y joven asesor político, que cree ciegamente en él y lo considera como el hombre adecuado para cambiar el destino de Estados Unidos, por su imagen de un hombre recto, decente, liberal e incapaz de vender sus principios morales con el fin de ganar. Pero, poco a poco, todo esto va cambiando. Meyers se da cuenta que aun la guerra dentro del partido no tiene tregua y que el límite entre lo que es considerado correcto y lo que no empieza a ser más maleable de lo que él creía, no sólo por parte de sus competidores sino por parte de su propia campaña. La imagen que tiene del candidato al que está apoyando se va desdibujando lentamente y se da cuenta que las esperanzas que tenía fincadas en él no son más que meras ilusiones. La política como guerra sucia se traslada al interior de la campaña y Stephen Meyers es arrastrado por las fuerzas de las circunstancias y su fe en su candidato. Esa entrega emocional a Mike Morris lo doblega. Sus principios morales caen estrepitosamente y Stephen Meyers se desdobla totalmente. La fe en la política lo destruye, mostrando cómo el mismo sistema consume y destruye vidas. Casi el mismo poder que tiene la guerra. Tal vez menos directo, pero con los mismos resultados.

De esta forma, Avner Kaufman y Stephen Meyers se encuentran en la misma vía. Cada uno se ha perdido a sí mismo por ideas que los fueron consumiendo: el patriotismo, el amor desaforado a la patria a partir de la construcción de un enemigo, la venganza, la fe desmedida en una persona, cuando realmente ésta es capaz de hacer cualquier cosa por llegar al poder. Todo esto parte de algo que se piensa en un comienzo como correcto, de fines considerados como loables, de la idea de la salvación de la nación o del bien de los demás. Pero estos fines se desdibujan al mismo tiempo que deshumanizan a aquellos que creen ciegamente en ellos. Avner Kaufman se pierde a sí mismo cuando se da cuenta que está quebrando todos sus principios morales por su patria. Stephen Meyers se pierde a sí mismo cuando se da cuenta de todo el juego de traiciones de la política, y de cómo él mismo cae en esta trampa con el fin de salvar a su candidato y su carrera. Cuando estos fines se vuelven absolutos destruyen al individuo y lo dejan a la intemperie de su propia miseria. Son escindidos brutalmente por las ideas que los habitan y los consumen.

Esto es algo que en el fondo me suena muy conocido. Todo esto también es muy común por estas tierras. Sólo dan ganas de decir, “es la política, estúpido”.

Adiós Brujita

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(Respuesta a la carta de despedida de Juan Sebastián Verón del fútbol http://bit.ly/K6jTuU)

Despedida de Juan Sebastián Verón. Tomado de http://notio.com.ar

Bogotá, 21 de junio de 2012

Todavía recuerdo la primera vez que fui al estadio. Tenía 14 años y fui a ver un partido de las eliminatorias entre Colombia y Argentina. Me sentía emocionado, el ambiente era electrizante y había una atmósfera apasionante. La gente estaba enardecida en la tribuna, se cantaba, se gritaba y, principalmente, se insultaba. Recuerdo cuando el locutor del estadio leyó la alineación argentina, cada nombre iba seguido de una gruesa grosería coreada por gran parte del público. Los insultos llegaron a su apogeo cuando se escucho el nombre de Juan Sebastián Verón. En ese momento no entendí por qué, sin embargo, compartí ese odio apasionado y lo hice mío.

Es extraño cómo da vueltas la vida, Bruja, ese odio me duró un largo tiempo y, sin embargo, hoy me entristece tu despedida del fútbol. Esa fría noche bogotana fuiste el enemigo de todos. Y cómo no serlo, si aún recuerdo que te jugaste un partidazo. Cómo no te íbamos a odiar todos los colombianos si ese día nos pintaste la cara, si ese día fuiste el cerebro y el corazón del equipo, si ese día con tu carácter hiciste que nuestra selección pareciera un equipo sin coraje. Esa noche de junio fuiste el de siempre: un berraco (como decimos los colombiano) o un capo (como dicen ustedes los argentinos). Te recuerdo en el medio del campo gritando, organizando, metiendo, peleando, luchando cada pelota, corriendo por cada balón… ¡ah, y eso sí que da rabia!

Ah, pero eso sí que da gusto cuando se está del otro lado. Ni siquiera es gusto la palabra, tal vez la expresión más adecuada sea orgullo. Distintas circunstancias me llevaron a vivir un tiempo en la Plata, en la ciudad de las diagonales, en la ciudad del Pincha. Y fue inevitable: me enamoré de Estudiantes. Aunque, como tú muy bien lo dices, tocaba hacer esfuerzos con el mango (que era bien escaso en ese entonces), procuraba ir a la cancha cada vez que se podía. Y claro que me llené de sonrisas, aunque ese año el equipo no ganó nada. Y claro que, como expresas en tu carta, a pesar de estar lejos de mi casa, de mi familia, sin dinero, me sentí el hombre más rico del mundo. Y no fue por las victorias (aunque vi muchas en esa temporada), ni por los campeonatos (que se escaparon todos), fue por el coraje del equipo, por la entrega, por el esfuerzo… por la mística. Eso enorgullece e inflama el pecho, eso da alegría y llena el alma, eso no se compra pero sí enriquece.

Recuerdo la final de la Sudamericana de ese año. El partido de ida en la Plata se perdió 1 a 0 y, hay que reconocerlo, se jugó mal. Pero la vuelta en Porto Alegre fue un espectáculo Pincha. Perdimos, es cierto, pero Estudiantes dejó el alma en la cancha. Ese día no lloraste, aunque había razones de sobra para hacerlo, quizá por aquellas palabras de tu madre, o quizá, porque al igual que yo, te sentías ganador. Y no porque el equipo hubiese jugado un partido brillante, sino porque la mística Pincha (esa extraña combinación entre entrega, fuerza, pasión y suerte) se vio en su máximo esplendor. No lo niego, me sentí triste, había soñado con celebrar en esa ciudad, que no era mía, un triunfo de un equipo que, aunque no era mío, cada vez se metía más en mi corazón. Pero esa tristeza nunca dio paso a esa rabia, a ese desasosiego, a esas ganas de botar lejos la camiseta, a esa desilusión, a esa fuerte decepción, que sí he sentido en otros momentos (con mi equipo acá en Colombia o con mi selección).

La cámara te enfocaba el rostro. Tu cara mostraba tristeza; tu ceño fruncido hacía pensar en lo cerca que había estado esa copa, en lo mucho que la habías soñado y en cómo se había perdido al final, cuando el cuerpo no daba más, cuando se había dejado todo en la cancha. Y en ese momento, en medio de la desilusión de todos los que estábamos en la sede del bosque del club, surgió un coro, que se fue haciendo más y más fuerte, hasta volverse un rugido: “Oe, oe, oe, Bruja, Bruja”. Sí Bruja, habíamos perdido la copa, pero una vez más el Pincha había hecho historia. Contigo en la cancha, Estudiantes había vuelto a ser grande. Por eso el canto se hizo más fuerte y se convirtió en aquel estribillo con el que te recibíamos cuando saltabas a la cancha: “Miren, miren qué locura!!! Miren, miren qué emoción!!! Esa es la famosa Bruja que volvió a Estudiantes para ser campeón!!!”

Sí, pese a la derrota, el Pincha era campeón. Eso lo entendí más tarde, cuando leí tu carta de despedida y recordé tantos momentos. Me entristecí al pensar en que el sábado estarías por última vez en la cancha con la 11 rojiblanca y, sólo ahí, entendí lo que había significado el Pincha para mí y por qué llegué a admirarte tanto. Sí, gracias a ti Bruja, a tu entrega, a tu pasión por el club, a tu arrojo, comprendí que el fútbol no se trata de victorias o de campeonatos, se trata de hacer historia. Y eso sólo se logra como tú lo hiciste, dejando la piel en la cancha, corriendo hasta el final cada balón, entregándolo todo por aquello que se ama y se lleva en el corazón.

Brujita, gracias por tu entrega y por tu compromiso, gracias por ser el capo del Pincha, gracias por haber hecho historia, gracias por haberle dado alegría y fuerza a un colombiano inmigrante en la Plata. Y como dijiste el sábado al despedirte:

“Seguiremos haciendo historia como demanda la historia. ¡¡Vamos Pincha carajo!!”

Con cariño,

Sergio Andrés Suárez Vanegas (@el_triciclo)

Marat-Sade y el espacio del caos

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Por: Sergio Suárez Vanegas (@el_triciclo)

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a una de las últimas funciones de la obra Marat-Sade en el Teatro Libre. La obra, escrita en 1963 por Peter Weiss, es francamente impactante. El tema, la estructura, la forma dramática empleada, los personajes, la ambientación y la música dejan al espectador sin palabras. Tal vez la conmoción que genera la obra se puede comprender atendiendo al nombre completo de la misma: La persecución y asesinato de Jean-Paul Marat representada por el grupo teatral de la casa de salud de Charenton bajo la dirección del Marqués de Sade. Como bien señala su título, la pieza representa los últimos momentos de la vida de Jean-Paul Marat, una de las principales figuras de la Revolución Francesa. No obstante, lo impactante de la obra yace en la segunda parte del título: esa representación es llevada a cabo por los enfermos mentales del asilo de Charenton.

Marat-Sade, representación del Teatro Libre

La pieza muestra a un grupo de enfermos mentales representando una pieza teatral para un auditorio (nosotros, los espectadores). Los internos son dirigidos por el Marqués de Sade, quien es también un personaje del drama. Al subir el telón unos barrotes separan a los actores (enfermos) del público. El desarrollo de la obra es terriblemente caótico, ya que los internos todo el tiempo se ven limitados en su actuación por sus trastornos psicopáticos (paranoia, manías sexuales, letargo, melancolía, irascibilidad, esquizofrenia). La continúa acción represiva ejercida por los enfermeros y las monjas del asilo genera un ambiente de violencia constante. Y junto a esto el enfrentamiento de distintos puntos de vista, la lucha entre distintas concepciones del ser humano, produce una atmósfera en el teatro cargada de tensión.

La representación llevada a cabo por la compañía de teatro del Teatro Libre se centra especialmente en este aspecto. La adaptación hecha por Patricia Jaramillo sigue muy de cerca la versión cinematográfica dirigida por Peter Brook en 1967. El peso de la obra recae (como bien señala el pregonero al inicio) en el litigio entre dos maneras distintas de comprender el mundo: la de Marat y la de Sade. Los diálogos que se establecen entre los dos personajes son agudos y muy sugestivos. Marat (representado por un enfermo de paranoia) es el portavoz de un discurso que propugna por el desarrollo del hombre en una sociedad justa e igualitaria. Marat cree firmemente en la necesidad de radicalizar al máximo la Revolución (destrucción total de un régimen de clases, socialización de todos los bienes, primacía absoluta de los intereses colectivos sobre los intereses individuales). En pocas palabras es un personaje antecesor del socialismo (muy cercano a una figura como Cobbet), creyente absoluto en el hombre y en la posibilidad de un sociedad perfecta. Frente a él está Sade, quien le recuerda una y otra vez que el ser humano es egoísta, que su utopía no es posible. La voz de Sade es la voz del individualismo, lo único que le interesa al hombre es él mismo, es la satisfacción de sus deseos, es la consecución de sus ambiciones.

Junto a estas dos visiones hay una tercera que aparece en escena y que termina de completar el mosaico. Es la voz de Coulmier, el director del asilo, quien constantemente interrumpe la acción para realizar acotaciones, para moderar el discurso de los actores y para censurar algunos apartes. Coulmier representa el pensamiento de la Ilustración, el pensamiento que cree en que la luz de la razón es capaz de iluminarlo todo. Este personaje es un fiel creyente en su tiempo, en los avances de su época, en el progreso del ser humano. No cree en radicalidades como las de Marat, ni en pesimismos como los de Sade. Coulmier es un moderado, un hombre de su tiempo que tiene como máxima fundamental: vivimos en el mejor de los mundos posibles.

Marat-Sade, imagen de la película de 1967 de Peter Brook

Este es el campo de disputa que es magistralmente representado en la obra. Aparentemente tanto la voz de la radicalidad de Marat, como la voz del pesimismo individualista de Sade, están tras las rejas. Es el pensamiento de Coulmier el que prevalece, el que tiene el control, el que ostenta el poder (los enfermeros, los garrotes, las celdas, las monjas, están bajo su mando). No obstante, la puesta en escena no se limita sólo a esa disputa dialógica. La compañía de teatro del Teatro Libre hace énfasis en su representación continuamente en otro aspecto: la vida sexual. Componente central tanto del texto de Weiss como de la adaptación de Brook, pero que en esta versión toma una relevancia aún mayor.

Durante la obra, las alusiones y los comportamientos claramente sexuales son recurrentes. Probablemente esta sea la nota que distingue esta puesta en escena dirigida por Ricardo Camacho. Este rasgo es tan distintivo que durante el espectáculo fui testigo de las carcajadas morbosas de unos estudiantes de colegio invitados a la obra, y de la indignación de unos adultos mayores que varias veces contemplaron la posibilidad de abandonar el teatro. Las alusiones genitales, el contacto sexual entre los personajes y el desenfreno que se apodera del escenario por momentos, ayudan a hacer que esa sensación de tensión, de angustia, se intensifique. La intensidad de la obra es extrema y logra captar por completo al espectador. Es acá cuando se comprende por qué optar por unos enfermos mentales para representar la obra. Ellos le dan campo a la irracionalidad, a la locura, a lo prohibido. Son ellos quienes revelan que a pesar de los distintos mecanismos de control, de los diversos discursos represivos, siempre hay un reducto en el hombre que escapa al dominio racional: el ímpetu sexual.

El gran éxito de la puesta en escena de la compañía del Teatro Libre está en producir, a través de unas actuaciones impecables y de una apuesta sencilla (pero contundente), una atmósfera de la que es difícil escapar. Atmósfera marcada por una sensación profunda de que en cualquier momento todo se puede salir de control. Como señala el pregonero, ningún punto de vista se impone sobre el otro, ningún discurso se hace sentir como superior. Sin embargo, hay una sensación que queda al finalizar la obra y es que, por encima de cualquier construcción discursiva, hay siempre un reducto en el hombre que no puede ser explicado ni controlado, un espacio donde el caos siempre encuentra su nido.

“Hay algo mal en este país” I.

Por: Javier Velásquez Steevens. (@el_triciclo)

¿Suena familiar? Aunque es una frase que le cae como anillo al dedo a muchos países en la actualidad –entre ellos al nuestro-,  me quedó grabada en la cabeza después de haber visto V for Vendetta. La historias me pareció fascinante, los diálogos eran extraordinarios y los personajes me dejaron sin palabras. Tanto que decir, tanto que explorar, la película me aturdió de tal forma que siempre que quería hablar de ella no sabía por dónde empezar. El héroe y su personalidad; el régimen opresor; la ciudadanía dormida; el miedo y el silencio. Sin embargo, y a pesar de las múltiples diferencias con respecto a la novela en la que se inspiró, siempre había algo que me conectaba con el drama de la historia: la restitución de la palabra.

Portada de la novela gráfica

La película –que seguramente muchos conocen- tenía lugar en Inglaterra, en un futuro no muy lejano. El gobierno ultraconservador que había llegado al poder mantenía a la ciudadanía pasiva y en una relativa obediencia esgrimiendo el credo de carácter fascista “fuerza a través de la pureza, pureza a través de la fe”[1]. El miedo y el caos experimentados por Inglaterra años antes llevaron a que los ciudadanos le dieran total libertad a un líder político para que, en nombre del orden y de la estabilidad, condujera sus destinos sin ningún reparo.

La historia escenificaba calles totalmente desoladas como consecuencia de una ciudadanía atrapada en sus hogares, gracias al toque de queda impuesto por el gobierno. El silencio se insertaba en diferentes espacios a través de los mecanismos de vigilancia y control. De hecho, constantemente se restringía y se censuraba aquello de lo que se podía o no hablar, escuchar, leer, ya que la sola existencia de ciertos elementos podría poner en riesgo al gobierno. Y precisamente la única manera de mantener su estabilidad era –en palabras de este líder- “mostrándole a los ciudadanos por qué nos necesitan”.

Sin embargo, tras esta represión, las palabras buscaban lugares donde pudieran ser enunciadas. La censura del gobierno y el miedo de los ciudadanos las mantenían en constante tensión y uno -como espectador- sentía que a pesar de que éstas se encontraban aprisionadas en el silencio encontrarían finalmente el impulso para desenvolverse y presentarse abiertamente en espacios públicos o privados. De esta manera, en la medida en que la historia se desarrollaba, continuos gestos -a manera de contrariedades- aparecían en las caras de los ciudadanos, antes totalmente inexpresivas. Las calles empezaban a ser ocupadas con mayor frecuencia como un símbolo de rechazo al silencio, un mensaje que por su misma fuerza no necesitaba ser pronunciado pero que evidentemente representaba una resistencia al miedo.

Entonces, poco a poco, la personalidad e identidad del héroe sería revelada. Mientras que en una cueva supimos que Batman era Bruce Wayne o en una cabina telefónica caímos en cuenta que Superman era el torpe periodista Clark Kent, las calles nos mostraron que detrás de la máscara se escondía el rostro de los ciudadanos. Y mientras el héroe perdía atención durante la película, eran ellos quienes hacían presencia activa en las calles tomando el papel protagónico, no solo de la narración, sino fundamentalmente de la sociedad de la que hacían parte.

La violencia, el terror y el miedo mantuvieron a los ciudadanos de esta historia aprisionados en sus hogares y los llevaron a dejar en manos de otros sus propios intereses sin ningún tipo de cuestionamientos. Para entonces, la película resultaba interesante por el papel heroico del protagonista. Sin embargo, su mayor encanto era ver la manera en que los ciudadanos, de forma pacífica, hacían presencia en las calles -se apropiaban de estas- más allá de las amenazas y lineamientos del régimen, de los atentados que la ciudad experimentó o de las armas del ejército.

Última escena de la película

Al final las calles se llenaban de personas que con su sola presencia representaban, a través de ideas o palabras, la participación libre y legítima en sus espacios privados y públicos. Las calles que antes eran como una hoja en blanco, veían la manera en que miles de palabras, ideas, expresiones se disponían en su superficie creando un mensaje unificado y al mismo tiempo diverso que invitaba al sencillo acto de hablar. La palabra había sido restituida.


[1] En la película: “Fuerza a través de la unidad, unidad a través de la fe.”

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